13-2-2026
El envejecimiento de la población y el aumento de las enfermedades crónicas no transmisibles —como las cardiovasculares o las neurodegenerativas— se han convertido en uno de los grandes retos de nuestro tiempo. La Década del Envejecimiento Saludable (2020-2030), promovida por la Organización Mundial de la Salud, ha puesto el foco en la acción conjunta de gobiernos, instituciones educativas, organizaciones y medios para colaborar en la tarea de desarrollar y mantener las capacidades funcionales y el bienestar de las personas mayores.
En ese contexto, la gastronomía puede convertirse en una poderosa herramienta para contribuir a que este grupo de población pueda seguir cumpliendo años sin que esto suponga perder calidad de vida. Esta es la idea que ha centrado el trabajo de la investigadora del área de Gastronomía y Salud de GOe Tech Center Jara Elena Domper, que acaba de convertirse en doctora en Ciencias Gastronómicas tras presentar una tesis centrada en el potencial de la educación culinaria como herramienta para promover una forma sana de seguir añadiendo páginas al calendario.
El trabajo de Domper va mucho más allá de las habituales recomendaciones de alimentación y considera los posibles beneficios de una educación culinaria más completa, como ella misma explica: “Se realizan muchas intervenciones de educación nutricional para mejorar los hábitos. Pero, utilizando la cocina como vector de aprendizaje para mejorar las habilidades de las personas de mediana y avanzada edad, nos acercamos más al proceso de alimentarnos, que no se limita al qué comemos, sino también a cómo lo hacemos y con quién. En lugar de decirles que tienen que comer esto o aquello, creo que es mejor ponerse a cocinar y fomentar las habilidades prácticas para que incorporen alimentos beneficiosos en su día a día».
Tal como apunta la nueva doctora, un concepto tan prestigioso a efectos de nutrición y salud como la “dieta mediterránea” no se refiere solo a poner el peso en las verduras, las legumbres y el aceite de oliva, los productos locales o el respeto a las temporadas, sino que constituye un patrón de estilo de vida en el que están implicadas recetas, técnicas culinarias y también una vertiente social que tiene que ver con compartir aquello que se cocina, lo que tiene un impacto que va más allá de los beneficios cardiovasculares o digestivos.
Según la hipótesis de este trabajo, el hecho de involucrarse en cuestiones como cocinar en casa o planificar el proceso de alimentación podría generar beneficios en personas en riesgo de padecer deterioro cognitivo, pero no solo por las habilidades culinarias. “Si cocinas más en casa -continúa Domper- normalmente tienes una alimentación más saludable. Y esto podría influir en otros aspectos: uno de los factores de riesgo para el desarrollo del deterioro cognitivo es la soledad en personas mayores. En el futuro me encantaría explorar cómo a través de programas de educación culinaria, además de hábitos más saludables, se crean sinergias a partir de la cocina que podrían generar un impacto positivo en lo que respecta a las relaciones sociales. Pero todo esto está por estudiar”.

Mucho por investigar
Tal como sugiere Jara Elena Domper, este ámbito es todavía un territorio poco explorado, en el que hay un amplio margen para la investigación. Durante la elaboración de su tesis se llevaron a cabo tres estudios, uno de los cuales, llamado SUKALMENA-InAge, apuntó que la educación culinaria intensiva puede mejorar de forma notable los hábitos alimentarios, la confianza en la cocina y la composición corporal de personas adultas con sobrepeso u obesidad.
Sin embargo, esas mejoras no se reflejaron en los parámetros bioquímicos analizados, algo que la propia Domper reconoce: “Era un tiempo muy corto, solo un mes, y con un tamaño muestral bastante pequeño; harían falta estudios más grandes. En lo que respecta a la evidencia del efecto de las intervenciones culinarias en parámetros bioquímicos, todavía queda mucho por hacer”.
En otro de sus estudios se analizó la asociación entre las habilidades culinarias y el estado de las personas mayores que presentaban un riesgo de desarrollar deterioro cognitivo Los resultados sugerían que un mayor nivel de habilidades culinarias podría estar relacionado con una menor probabilidad de presentar síntomas de deterioro cognitivo subjetivo.
En cualquier caso, Domper concluye en su tesis que se hace necesario mejorar el diseño de los programas de educación culinaria dirigidos a personas de mediana y avanzada edad y también investigaciones adicionales y una mejora de la calidad metodológica para confirmar lo que estos estudios parecen apuntar, para así llegar a una consolidación de la educación culinaria como estrategia orientada al envejecimiento saludable dentro de las políticas públicas.
Implicar a los nutricionistas en el sistema de salud
Puestos a soñar, Domper imagina un futuro en el que, por ejemplo, las residencias o los centros de salud pudiesen habilitar espacios donde llevar a cabo esta formación. “Sería increíble que en los ambulatorios hubiera una cocina y una vez al mes se ofreciesen clases o showcookings, y que la gente pudiera trabajar desde la constancia”.
Pero antes de llegar a ese escenario, Domper señala un problema estructural: la falta de profesionales especializados en nutrición en el sistema público: “La del nutricionista es una figura bastante poco valorada en el sistema de salud. En el País Vasco está reconocida como figura sanitaria, pero no hay casi ninguno en el sistema público. Y en otras comunidades ni siquiera existe ese reconocimiento”.
En cualquier caso, las diferentes facetas del problema requieren, tal como subraya la investigadora, distintos perfiles profesionales desde los que se pueda abordar. “Para mí lo esencial es crear equipos multidisciplinares – explica-, no solo nutricionistas, sino también profesionales de la psicología, de la educación física y, por supuesto, de la cocina. En un showcooking ves cómo un truco, un gesto, una explicación cambia la forma en que alguien cocina. Esa figura es esencial”.
Domper también ha comprobado que trabajar con hábitos no es sencillo. “El comportamiento es muy complejo y viene determinado por muchas cosas”, señala. “Quizá alguien ha cocinado toda su vida, pero pierde a su pareja y no pierde tanto las habilidades como las ganas o el interés”. Por eso defiende que las intervenciones deben ser flexibles y adaptarse a cada persona. Y propone distintos formatos: sesiones de hands‑on cooking para quienes quieren cocinar desde el primer día; cooking demonstrations para quienes prefieren observar antes de participar; e incluso programas híbridos que permitan avanzar de un formato a otro según la confianza y las capacidades de cada participante.
En lo personal, su experiencia a lo largo de este trabajo le ha hecho convencerse de que necesitamos cambiar nuestra percepción de la vejez. “Hay que darle una vuelta a la visión que tenemos de las personas mayores, que son increíbles”, afirma. “No se trata de no envejecer, sino de envejecer lo mejor que podamos para llegar a los 80 o 90 años con una capacidad funcional física, mental y emocional que te permita seguir adelante con tu vida”. En ese camino, la cocina aparece como un espacio especialmente útil: un lugar donde seguir moviéndose, mantener la mente activa, reforzar vínculos y crear otros nuevos. Porque, como recuerda Domper, “no se trata solo de vivir más años, sino de vivirlos mejor”.
