5-10-2026

Imaginemos la siguiente escena: son las 11 de la noche y nos vemos asaltados por un imparable antojo de pollo frito con patatas y salsa picante al que somos incapaces de hacer oídos sordos. Y queremos el cubo grande. Y una pinta de cerveza para pasarlo. Somos adultos, tenemos dinero, independencia, poder de decisión. Y, además, en ese momento estamos solos, nadie nos mira. Somos perfectamente libres de agarrar el móvil, encargar el pollo, esperarlo con ansiedad, zampárnoslo a dos carrillos y lidiar luego con la culpa y el malestar general. Esta es una de las pequeñas gabelas del libre albedrío en la edad adulta: ser perfectamente conscientes de que algo nos va a sentar como un tiro… y elegirlo de todos modos.

Sin embargo, en el escenario que algunos expertos sitúan a tan solo un pequeño puñado de años vista, esta decisión podría no llegar a producirse. En ese (mucho más que posible) futuro el sistema que gestiona nuestros pedidos (al que habremos alimentado con una dieta de lo más variada, a base de datos biométricos, historiales médicos, preferencias y  metas nutricionales) podría manipular la elección: “Compañera, ¿a estas horas?, ¿con ese colesterol?, ¿con esos 10 kilos de más que llevas años intentando perder? ¿EN SERIO?”. Y en lugar de pollo frito nos ofrecería una ensalada, un yogur desnatado o un puñadito de semillas de chía. O, lo que es incluso más probable, quizá eliminaría directamente la opción del pollo frito de nuestra pantalla: lo que no existe no se puede pedir.

Esta historia fue una de las que sirvieron como botón de muestra de un posible mañana durante la cena oficiada en GOe por la empresa de análisis de datos Synthesis, que lleva años trabajando alrededor de estos asuntos y proyectando posibles futuros a través de entrevistas con grandes agentes de la industria alimentaria, como Pepsico o Unilever, y también realizando cientos de miles de simulaciones con las que tratan de anticiparse a las consecuencias de esa nueva forma de relacionarnos con la alimentación que ya está empezando a establecerse y que puede hacerlo de manera aún más profunda en las próximas décadas.


Plato ideado por la IA y ejecutado por humanos, servido durante la cena oficiada por Synthesis en GOe.

“Curated for me”: la opción perezosa… y la más probable

Finalmente, la cuestión que subyace ante todo esto es: ¿qué decisiones en torno a nuestra alimentación vamos a dejar en manos de sistemas de inteligencia artificial? Según las simulaciones de Synthesis, la respuesta es… tirando a muchas. En el escenario más probable, que la empresa ha bautizado como “Curated for me”, los algoritmos se convierten en una suerte de copiloto nutricional permanente que nos estudia, aprende a diario y va afinando progresivamente aquello que nos pone delante.

Para quienes piensan que procesos cotidianos como ir al mercado o cocinar son un engorro, el futuro promete:  la compra semanal podría hacerse prácticamente sola; el sistema sabría qué productos consumimos habitualmente, cuáles se están acabando y cuáles encajan con nuestros objetivos nutricionales; podría crear una receta para nosotros a partir de ingredientes que sabe que nos convienen y adaptados a nuestro gusto: la IA sería el cerebro, nosotros sus manos (así se elaboró uno de los platos servidos durante la velada)… si es que no disponemos de un robot lo suficientemente sofisticado. Podría decidir qué pedir a un delivery y, como decíamos más arriba, impedirnos ver determinadas opciones (“en lugar de sustituir nuestra voluntad, nos ayuda a tener más voluntad”, dirían quienes están a favor de este escenario). La personalización llegaría, según los responsables de Synthesis, hasta el extremo de que los sistemas anticiparían nuestras preferencias “antes incluso de que las reconozcamos nosotros mismos”.

Por supuesto, la información que estaríamos dispuestos a regalar a cambio de toda esa comodidad requiere la recopilación y centralización de grandes cantidades de datos. Y aquí aparecen las preguntas difíciles: ¿Quién controla ese sistema? ¿En manos de quién están los datos con los que aprende? ¿Quién decide qué es o no saludable? ¿Qué cuerpos se consideran deseables? ¿Qué ocurre con los que no encajan en el modelo? ¿Hasta qué punto la IA se convierte en una especie de tutor nutricional que nos infantiliza?

“Curated by me”: recuperando el control

Por otra parte, tal como también se puso sobre la mesa durante la sesión, si el algoritmo sabe que solemos comprar determinados productos, quizá ni siquiera lleguemos a descubrir otros. Y si lleva años aprendiendo nuestros gustos, puede terminar reforzándolos hasta crear una especie de circuito cerrado en el que cada elección confirma las anteriores.

En el escenario menos probable según las simulaciones de Synthesis, pero no por ello menos significativo, en las próximas décadas aparecería un creciente hastío ante la homogeneidad algorítmica, lo que ya empieza a asomar en otros ámbitos: regreso a los teléfonos tontos, a las cámaras analógicas, a los discos de vinilo, a los relojes de agujas, a ver películas en una sala de cine…

Tras una época de recomendaciones perfectas, menús optimizados y compras automatizadas, tras años de ser “empujados” hacia decisiones nutricionales correctas, eficientes y saludables, el consumidor podría sentir que ha perdido algo esencial. Algo que, entre otras cosas, tiene que ver con la propia identidad: la comida ha dejado de ser un espacio de descubrimiento y se convierte en un flujo de opciones filtradas por un sistema que, aunque bienintencionado, termina por aplanar la experiencia y por emborronarnos a nosotros mismos (y a nuestras culturas y tradiciones culinarias), que llegados a este punto nos habremos convertido básicamente en un saco de datos que analizar y optimizar, en un ente pasivo que solo recibe.

El chef investigador de GOe TEch Center John Regefalk estuvo al frente de la preparación de la cena de Synthesis.

En este punto, la pregunta que se lanzó a los asistentes a la velada fue: ¿qué partes de todo el proceso jamás delegaríais en la inteligencia artificial? Las respuestas se fueron desmigando alrededor de las distintas mesas: el placer de ir al mercado, hablar con la pescatera, recibir una recomendación del carnicero, mantener una conversación inesperada mientras esperamos a que nos corten el jamón, encontrarnos allí con un amigo al que hace tiempo que no vemos y terminar yendo a tomar un aperitivo con él; el de cocinar un plato que nunca se ha preparado antes, equivocarse, tomar notas para mejorarlo la próxima vez; el de dejarse tentar por las formas, los colores, los aromas, el tacto de un producto… incluso en el pasillo de snacks del supermercado;  el de acercarse a una huerta, recoger un tomate, llevárselo a la nariz, entender de dónde vienen las cosas, cuánto cuesta producirlas y cuál es el valor que tienen, en lugar de recibirlas en casa casi totalmente listas para ser consumidas…

Y sin embargo…

En un test online realizado antes de la cena a quienes iban a asistir a ella, Synthesis preguntaba qué decisiones delegarían en la IA. Alrededor de dos tercios de esas personas marcaron la casilla correspondiente a “hacer la compra”. Desde el punto de vista de la industria, el impacto de esta información puede ser enorme: ¿cómo van a adaptarse las empresas alimentarias a un escenario en el que ya no paseamos entre anaqueles con una cesta colgando del brazo, sino que es un ente invisible el que elige?

Todas estas preguntas están abiertas y todavía surgen de generaciones que han conocido un mundo anterior a internet, a los móviles, a la inteligencia artificial, personas que todavía pueden sentir la tensión entre una y otra opción, entre lo que se va a ganar y lo que se puede perder para siempre. Generaciones que ya han aceptado sin rechistar cosas como Google Maps y que por tanto han dejado de utilizar mapas de papel, de practicar el antiquísimo hábito de parar a alguien por la calle y preguntarle por cómo llegar a tal o cual sitio, de disfrutar de un placer tan exclusivo y refinado como el de perderse y toparse con una sorpresa tras una esquina que no estaba prevista en la ruta. Pero, ¿seguirán quienes van a nacer este año o la década que viene planteándoselas cuando sean adultos? ¿Aceptarán que la tecnología no solo les ayude a llegar a su destino, sino que empiece a decidir por ellos adónde quieren ir? ¿Les estará permitido pedirse un cubo de pollo frito a las 11 de la noche?