25-3-2026
El mundo del vino atraviesa un momento complejo. A la presión del cambio climático -que está alterando ciclos de maduración, estilos y zonas de cultivo- se suman transformaciones en los hábitos de consumo: ganan peso los vinos diferentes, con personalidad, frente a “los de toda la vida”, la calidad se prefiere a la cantidad y los jóvenes beben menos y en muchos casos se sienten ajenos al lenguaje y los rituales de esta bebida.
En ese contexto, toda una nueva generación de elaboradores está replanteándose las reglas del juego a través de una serie de gestos y decisiones relacionados con el diálogo entre innovación y tradición, la adaptación a las nuevas condiciones del clima (o incluso su aprovechamiento) y la construcción de un discurso capaz de conectar con quienes no se sienten interpelados por los códigos tradicionales del vino. Estos son algunos de los asuntos que se pusieron en común en Wine Shapers, un encuentro celebrado entre Vitoria-Gasteiz y la Rioja Alavesa y organizado por EDA Drinks & Wine Campus junto al Gobierno Vasco y la Diputación Foral de Álava que reunió a 200 elaboradores menores de 40 años procedentes de regiones productoras de todo el planeta.
Desde el Piamonte, por ejemplo, Federica Boffa trabaja en la adaptación a ese contexto contemporáneo de los vinos -principalmente Barolo y Barbaresco- que se elaboran bajo su dirección en Pio Cesare, la bodega familiar que fundó su tatarabuelo a finales del siglo XIX. Se trata de vinos que siguen unas normas muy estrictas, establecidas en los años 50, dentro una región vinícola histórica donde, tal como apuntó durante su intervención, resulta difícil introducir nuevas ideas. “Intento gestionar un legado muy importante, actuar pensando en el pasado, en nuestras raíces, pero al mismo tiempo en el presente y en el futuro. Creo que el legado no es nada si se actúa de manera pasiva. Hay que moldearlo y hacerlo propio. Así que intento no seguir ni imitar a las generaciones pasadas sino trabajar con el suelo, con el terruño, y pensar siempre en lo que es la tecnología hoy en día y en lo que podemos hacer para seguir produciendo alta calidad en el futuro”.
Considerar el pasado como materia prima a partir de la que trabajar, más que como tótem al que reverenciar, es también el punto de vista del argentino Manu Michelini, hoy instalado en Labastida (Álava) con su proyecto Dominio del Challao, en el que persigue reinterpretar los grandes Riojas de los años 70 y 80. “En nuestra generación, la tradición y la cultura son lo que tenemos como base fundamental. Y a partir de ahí avanzamos hacia el futuro. Creo que la generación anterior siempre hablaba del futuro. Y nosotros hablamos mucho más del pasado para avanzar hacia el futuro… El futuro es la consecuencia, no la causa”.

De fuera hacia dentro: otra forma de mirar el terruño
Al igual que Michelini, el francés Charly Gotchac –al frente del proyecto Indiano, en Gredos, en el que elabora vinos centrados en la expresión pura del terruño, con la mínima intervención en bodega- trabaja fuera de su región y de su país de origen, lo que probablemente también incide en esa concepción del pasado como un punto de partida sobre el que mantener una mirada abierta y no excesivamente rígida, una mirada, en su caso, “desde fuera”: “Hemos trabajado en lugares con muchas normas, como Francia, y en España también hay mucha historia, pero en lugares como Argentina los vinos no tienen tantas reglas y hay muchas posibilidades para experimentar. Ambas visiones nos ayudan mucho hoy a poder hacer vinos que respetan algunas normas y otros que no. Y nos sentimos cómodos en ese equilibrio entre respetar y no hacerlo. El estilo de Gredos es increíble, pero nos sentimos libres de encontrar nuestro propio camino. No queremos hacer el mejor vino de la región, sino el mejor vino que nosotros podamos hacer”.
Para Michelini esa mirada externa de alguien que no pertenece a la región puede llevarle a “ver cosas que quienes han vivido allí durante años no han visto. Cuando hablamos de viticultura con la gente del pueblo lo interesante es aportar un enfoque nuevo, internacional. Quizá pensar como un argentino o con un tipo de mentalidad francesa, y traer eso aquí, al terruño, generando nuevas ideas. O simplemente decirles: lo que tenéis aquí es increíble”.

Pros y contras del cambio climático
Las nuevas condiciones climáticas están modificando el panorama del trabajo en el campo en las regiones vinícolas, lo que no siempre es sencillo. Por ejemplo, en una zona como la del Piamonte la adaptación requiere cambios profundos: la norma, establecida en los años 50 del siglo pasado, cuando el clima era muy distinto, obliga a cultivar la uva nebbiolo en laderas orientadas al sur y a una altitud de entre 250 y 400 metros para los Barolos y Barbarescos, lo que hoy resulta complicado, tal como explicaba Federica Baffa: “A esas altitudes, con las condiciones actuales, se está volviendo muy difícil producir los vinos. Creemos que hay que pensar de una forma completamente diferente. Y quizá intentar recuperar el clima del pasado en cotas más elevadas puede ser la mejor opción. Nosotros tenemos viñedos a 600 metros en una zona cercana a la de Barolo, donde creemos que puede estar el futuro de estos vinos dentro de diez años. Ya hemos realizado cinco vendimias allí, donde hay un clima más fresco y la nebbiolo madura mucho más tarde, y hemos encontrado un carácter muy interesante en la uva”.
Sin embargo, no todo es negativo, y en algunos casos las nuevas condiciones climáticas también están abriendo nuevas posibilidades. Federica Boffa habla de cómo uno de los problemas que siempre ha tenido el Piamonte es que sus vinos se perciben como exclusivos, para beber tan solo en ocasiones especiales, con al menos diez años y tras decantarlos o abrirlos 24 horas antes de ser consumidos. Pero, según apunta, precisamente el cambio climático puede jugar a favor para abrir su espectro de consumidores. “Las temperaturas más cálidas nos están ayudando a vendimiar la nebbiolo mucho antes, pero cuando ya ha completado su maduración. Esto significa que podemos envejecer estos vinos menos tiempo que antes en bodega y hacerlos mucho más accesibles, más bebibles desde jóvenes, más inmediatos que en el pasado, con taninos más redondos y una expresión más delicada. Y este es un punto muy importante para atraer a las nuevas generaciones hacia estos grandes vinos”.
Volver a conectar: menos elitismo, más autenticidad
Precisamente el reto que quizá hoy más preocupa a algunos sectores de la producción vitivinícola es cómo encontrar la manera de conectar con las generaciones que no sienten el vino como algo propio, que no conocen su cultura ni sus rituales… y que si alguna vez llegan a probarlo ni siquiera les gusta. Charly Gotchac apuntaba directamente al elitismo como uno de los problemas de fondo: “Durante mucho tiempo hemos cerrado las puertas del vino, pensando que estaba reservado a una cierta categoría de personas, a un tipo de gente con un vocabulario muy específico”.
Abundando en el asunto de lo que se cuenta y cómo se cuenta, Federica Boffa apostaba por no dormir al personal: “Creo que hay que comunicar, pero no de una forma aburrida. Hay que atraer tanto a consumidores jóvenes como mayores, pero quizá sin hablar de poda, de pH o de acidez. Probablemente ya a nadie le interesa eso”.
En cuanto al canal de comunicación, el papel de las redes sociales aparece como una herramienta útil para “abrir” el vino, mostrar el trabajo que hay detrás y acercarse al público más joven, si bien al mismo tiempo los participantes subrayaron la importancia de la experiencia directa. Manu Michelini reconocía tener “sentimientos encontrados” al respecto: “Creo que no hay que abusar de las redes. Te permiten llegar a muchos sitios al mismo tiempo, pero poder tener una conversación uno a uno da mucho más valor a las cosas. Y en redes la gente muestra cosas bonitas. Nadie publica ‘acabo de perder un mercado’, normalmente dicen ‘acabo de ganar uno’”.
Charly Gotchac defendía en esta misma línea la idea de lo auténtico como ética de trabajo y también como arma narrativa. “La autenticidad es un concepto muy potente. El vino es geografía líquida, es historia e historias. Es gastronomía y turismo y todas estas herramientas deben utilizarse para volver a acercar a la gente. El vino no va a desaparecer, pero los tiempos están cambiando. Las nuevas generaciones beben menos, pero beben mejor”.
